Educación, Virtud y Orden

Antes de introducir la temática sobre el tema de la educación y la virtud y si es de primera instancia educar en la virtud del orden, es menester saber, que todas las virtudes no son dadas al hombre por naturaleza de forma absoluta, sino que él las adquiere por medio de la repetición de un mismo acto, estas perfeccionan y ordenan al hombre desde su cotidianidad hasta su ordenamiento final; hacia el bien. Cada acto que realiza una persona puede ser bueno o malo, todo de acuerdo a la visión que tenga de los conceptos y realidades; si un acto repetitivo, es decir, un hábito, es bueno, entonces, se convertirá en virtud y si es malo, entonces, se convertirá en vicio.

El principio se entiende también como el punto de partida del movimiento de algo o de una cosa. ¿Es posible que los actos del hombre puedan partir de un principio?, sí, evidentemente. ¿Sería ese principio la intención de algo, hasta lograr el movimiento que tendría como producto un acto, bien sea bueno o malo, ordenado o desordenado? En la práctica moral el principio es norma de acción de los actos humanos.

Ahora bien, ¿puede ser el orden un principio para los actos humanos? Aristóteles al principio de la Metafísica dice: “lo propio del sabio es ordenar”, luego, Tomás en el comentario a la ética a Nicómaco de Aristóteles dice: “así pues, la sabiduría es la más alta perfección de la razón, a la que le corresponde conocer el orden (…)” . El orden conveniente aquí es el que la razón, al considerar, hace en las operaciones de la voluntad.

Al parecer los grandes avances de las ciencias y la alta productividad tecnológica que caracteriza al nuevo milenio, intentan con gran empeño promover el desorden en las acciones de los hombres y de la misma naturaleza; esta realidad se patentiza de manera paulatina en las diversas sociedades técnicamente desarrolladas, se dilucida cómo se intenta intervenir en los ciclos ordenados de la natura y de la vida misma, la clonación, los abortos, la eutanasia, la promoción de matrimonios entre personas del mismo sexo, entre otros.

Los grandes avances de las ciencias, la medicina, la ingeniería genética, más específicamente la biotecnología en general; no descansan realizando reiterados ensayos, que intentan transformar los procesos de orden natural de gestación de los entes; promoviendo así la larga y extensa duración de la vida o la aproximación excesiva a la muerte. Conforme a toda esta crisis, el hombre cambia el sentido universal de los valores a su modo de pensar y actuar, amoldándolo a sus acciones particulares con el fin de ser justificadas ante los demás seres.

Es posible que al igual que el cosmos posee un orden natural, el hombre como individuo forma parte esencial de este orden cosmológico, en consecuencia los actos del hombre poseen un orden que Tomás categoriza como la ley natural; si es posible. La naturaleza posee un orden natural, es decir, posee un principio que está ordenado a un fin.

Existe una gran necesidad de retomar en el factor educativo y junto a ello, la formación en las virtudes humanas; Tomás de Aquino afirma que:
La razón tanto más perfecta se muestra cuanto mejor puede vencer o tolerar las debilidades del cuerpo y de las facultades inferiores. Por eso la virtud humana, que se atribuye a la razón, se dice que se perfecciona en la debilidad, no de la razón, ciertamente, sino en la debilidad del cuerpo y de las facultades inferiores.

Cuando el hombre recibe un mayor grado de educación, los niveles de racionalidad se hacen mucho más complejos, de tal manera que puede superar las debilidades pasionales y carnales del cuerpo. El factor educativo debe promover en el ser humano la libertad, la cultura, como elementos fundamentales que especifican la acción humana y dan sentido a la acción misma de la práctica pedagógica. El fin principal de la educación debe ser el desarrollo de las virtudes morales, los valores; teniendo como fin último el mayor grado de la felicidad.

EDUCACIÓN Y VIRTUD

Resulta pertinente profundizar en las propuestas del Doctor Angélico como un pensador medieval que realizó una excelente síntesis del pensamiento antiguo, fue maestro de la ciencia Teológica y Filosófica, la cual enseñó en las mejores universidades de su época, como por ejemplo, la Universidad de París. No se puede afirmar propiamente que escribió una filosofía de la educación, sino más bien, una doctrina pedagógica derivada de su pensamiento filosófico.

Ahora bien, Tomás de Aquino entendía por educación como la “conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre que es el estado de la virtud” . Se habla en primer lugar de una conducción, esto quiere decir que existe intrínsecamente un proceso de dos, el maestro conduce al discípulo de su estado de prole al estado perfecto del hombre, a la “virtud”, esto para que sea mejor y más educado, fomentando su desarrollo integral, y luego se habla de la promoción; en este sentido promover a alguien implica necesariamente cierto ascenso o elevación. Cuando Tomás de Aquino habla de estado perfecto, se refiere al mejor y más adecuado estado de vida del hombre. Si se cohesiona la idea del Aquinate de conducción y promoción entonces se estaría hablando de un proceso ascendente que se da en el hombre desde su condición de prole, hasta alcanzar su madurez.

La virtud es el aumento y la posesión de la capacidad operativa, es decir, la potencia mejorada de obrar y hacer, según la cual el ser humano actúa del mejor modo posible, de esta manera se encuentra implícitamente la libertad. En el concepto de educación en la doctrina tomista podemos percibir la fuerza transformadora del acto educativo en el ser del hombre. Esta definición de educación trae consigo una carga de generalidades, por ejemplo, al hablar de educar al hombre y elevarlo a estados de perfección, se refiere al hombre en cuanto a género y no sólo a una élite privilegiada; que en épocas anteriores e incluso hasta finales de Medioevo, sólo se educaba a grupos particulares, pues, era de carácter elitesco.
De acuerdo a este concepto, la educación viene no a generar al hombre en cuanto ser metafísicamente hablando, sino más bien a complementarlo y a perfeccionarlo, es decir, el acto educativo ordena al hombre a un estado perfectivo que de ningún modo alcanzaría sin su mediación. La misión de la educación es ayudar, promover al hombre a eso que Tomás Aquino llama al estado perfecto de hombre en cuanto hombre, ese en cuanto a su naturaleza le conviene, el estado de virtud. De modo previo puede plantearse qué entendía Tomás de Aquino por virtud. “Se dice que la virtud es el buen uso del libre albedrío, a saber, porque a eso es a lo que se ordena la virtud como a su propio acto, pues el acto de la virtud no es otra que el buen uso del libre albedrío”.

El género humano necesita hacerse; o más bien estar haciéndose, pasar de potencias a actos. Esta necesidad física de los actos le conviene para la perfección de su ser; de allí decimos que el hombre perfecto añade a su perfección física la perfección moral. El educador, debe conducir y promover al educando a que se realice a sí mismo su ser, para que este llegue a ser un hombre libre.
¿Entonces puede el hombre educarse o ser educado en la virtud? Sí, esto sólo es posible desde lo siguiente. Primero, replantearse la necesidad que tiene el hombre de ser educado, añadiendo a esto la necesidad de mejorar las carencias que existen en el sistema educativo actual, más proponer la necesidad de educarse en las virtudes intelectuales, en las virtudes morales incluso en las virtudes infusas teologales. Los vicios son los elementos que descomponen profundamente a las comunidades y a los individuos que la integran. La definición que da Tomás de Aquino respecto a la virtud es la siguiente:

En efecto, la virtud, conforme a su nombre, designa la perfección del poder [operativo]; de ahí que el filósofo diga en Del Cielo I, que la virtud es lo último en la realidad de una potencia. Pero por qué la potencia se dice ordenada al acto, el acabamiento de la potencia (complementum potentiae) se considera en cuanto concierne a lo que realiza la operación perfecta. la virtud hace bueno al que la posee y vuelve buena su obra, como se dice en Ética II; y de esta manera también es manifiesto que [la virtud] es la posición de lo perfecto para lo óptimo.

El hombre no es un ser perfecto, sino, que camina hacia la perfección, es perfectible. Esta perfección la busca hasta llegar a la felicidad que se logra por medio de la verdad y la práctica de la virtud. Todo hombre está ordenado a obrar bien. Todo ser humano está por naturaleza dispuesto o en potencia a la virtud, pero esta virtud implica esfuerzo. El hombre educado y moralmente bueno añade a la perfección física la perfección moral. Hay que educar en valores y en la sensibilidad; en la educación, la filosofía moral tendrá que jugar un papel muy importante para hacer frente a los conflictos actuales y construir en la reconstrucción de una sociedad ideal.

La educación debe moderar las potencias del alma. Es allí donde los educadores deben ser cónsonos con la misma definición de educación; educar es extraer de dentro hacia fuera, Tomás de Aquino al respecto habla de que: “la potencia del alma es sujeto de la virtud… el bien o es el fin o se dice en orden al fin”.
De allí, que los hábitos tengan una implicación relación - acción, porque es una calificación del ser, ya que perfecciona las virtudes de su naturaleza y de sus potencias de operación. Todo esto toma fundamento cuando Tomás de Aquino dice:

Se ha de decir que siendo la virtud lo último de la potencia y [que ello es] a lo que cualquier potencia se ordena para realizar la operación, esto es, una operación que sea buena, resulta manifiesto que la virtud de cada cosa es aquella por la cual se produce una buena operación. Pero porque toda cosa es en orden a su operación, pues, cada cosa es buena, en tanto que se relaciona debidamente por su fin, es necesario que mediante la propia virtud cada cosa sea buena y obre bien.

Todas las operaciones que estén ordenadas hacia el bien, son consideradas virtud; la potencia de operación de los hábitos buenos, es ubicada en el alma, en ella se encuentran las operaciones de la voluntad, la ciencia, razón, inteligencia y la espiritualidad. La complejidad de todos estos elementos, corresponden a los hábitos reducidos a una unidad de ordenamiento que se armonizan verdaderamente con la vida práctica.

El hábito de la ciencia por ejemplo, como disciplina, perfecciona la inteligencia y la razón y bajo su dirección, la imaginación y la misma sensibilidad; en el hábito de la virtud moral, de la templanza, por ejemplo, que bajo la moción de la voluntad, introduce armonía y moderación en uso de los placeres carnales. Los hábitos están siempre en relación a la acción por medio del espíritu. En la inteligencia existen también hábitos operativos, cuya influencia pueden extenderse no sólo al dominio de la vida intelectual y voluntaria, sino también de las relaciones interpersonales afectivas y sociales. Puede afirmarse entonces, que los hábitos son buenos o malos según la relación - acción con lo conveniente a la misma naturaleza humana.
La virtudes morales e intelectuales deben ser ejes transversales dentro de un currículo educativo, el plano axiológico es fundamental en la formación de los individuos, estas repercuten en las facultades del alma como los son el entendimiento y la voluntad. “Las virtudes intelectuales pueden adquirirse por invención o por enseñanza, son especulativas, esto es, ordenadas al conocimiento de la verdad” , prácticas ordenadas a la realización de una acción. “Las virtudes intelectuales especulativas son dos: la ciencia, que perfecciona el raciocinio que discurre a partir de principios universales en tal o cual género de seres cognoscibles, y la sabiduría, que lo hace a partir de los principios universales últimos”. Sabiduría sólo hay una, pues, el objeto último en el que fundamenta su raciocinio es un sólo Dios; mientras que podemos identificar tantas ciencias cuantos géneros existan. “Estar en objeto de la sabiduría juzga y ordena todo otro conocimiento científico, tanto en sus principios como en sus conclusiones; por lo que puede afirmarse que la sabiduría es el principal hábito intelectivo” .

Tomás de Aquino explica que la adquisición de la ciencia y la sabiduría exige en el que la pretende una virtud previa, que es la estudiosidad. Es esta una virtud moral, pues regula el apetito de conocer y el gozo contemplativo que se deriva, de ahí que el aquinate ponga dicha virtud como parte potencial de la templanza “lo que no impide que también lo sea de la ciencia y la sabiduría” . La estudiosidad pone la verdad como auténtico objeto de conocer – y, por ende, de educar-, evitando caer en el vicio de la curiosidad; esta, “en efecto, no busca tanto conocer la verdad, cuanto gozarse con el conocer… sea verdadero o no; por eso es propio del curioso atender a cosas superficiales y a falsos maestros, aquellos que sólo son alabados por sus retóricas” .

El aquinate enseña cuatro virtudes morales principales, “prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que se denominan por ello cardinales, pues, sobre ellas giran todas las demás como si fueran sus quicios o cardines” una adecuada educación moral conseguirá una beneficiosa armonía entre la voluntad y la sensibilidad, que favorecerá el ejercicio de la vida racional. A las virtudes morales corresponde el fin, no porque lo impongan ellas, sino por tender al fin señalado por la razón natural. La prudencia presta en ellos su colaboración preparándoles el camino y disponiendo de los medios. “De eso resulta que la prudencia es más noble que las virtudes morales y las mueve”

Tomás Aquino habla de un estado perfecto del hombre para referirse al estado de virtud. La voluntad es concebida como una perfección de algunas potencias operativas como lo es la razón. Las virtudes humanas perfeccionan al hombre en el orden de las operaciones que le son propias. El principio de los actos humanos como hemos dicho es doble, la inteligencia y la voluntad. Las virtudes perfeccionan la naturaleza, puede ser llamada con razón, una segunda naturaleza en efecto, por la forma substancial se es hombre, y por la virtud se llega a ser un hombre bueno, justo y prudente. De allí, que Tomás de Aquino habla de que “el hijo que está bajo el cuidado de los padres que se haya como contenido en un útero espiritual los padres engendran corporalmente, mas la educación o el maestro engendra espiritualmente” .

El hombre vive por la razón, la acción educativa queda integrada en la dinámica vital del ser racional, y ello hasta tal punto expresa que la doctrina pedagógica de Tomás afirma que educar es, en cierta medida, ayudar a ser. Una educación de las potencias racionales será, pues, útil y provechosa en la medida que contribuya y suministre las suficientes herramientas para el alcance de mayor grado de felicidad .

Para Tomás de Aquino el maestro toma una posición más amplia en el terreno de la enseñanza - aprendizaje; la actividad docente respecto a la instrucción del aprendizaje defiende conforme a la doctrina aristotélica que el maestro es la verdadera causa de la ciencia del discípulo, al hacer pasar su entendimiento de la potencia al acto; pero haciendo la salvedad de que es Dios el autor del discípulo y quien le infunde el entendimiento posible como facultad del conocimiento, recalcando: “que Dios sea maestro, no implica que nuestro aprendizaje exija también la ayuda de maestros humanos. Y que Dios sea creador de nuestra inteligencia, no resta nada a la genuina causalidad de los maestros en nuestros conocimientos y ciencias” (2001:290) introducción a la obra De Magistro de Tomás de Aquino.

El discurso racional por el que la inteligencia del maestro concluye a una verdad de la ciencia es el que se transmite, sirviéndose de los signos del lenguaje u otros similares al discípulo, el cual guiado por la sabiduría del maestro, genera en su inteligencia un similar discurso científico. El maestro es, pues, causa instrumental de los conocimientos científicos que los discípulos producen por su razón natural, siendo así el maestro humano causa agente de los conocimientos de los alumnos; recalcando que este maestro humano, no resta nada al Maestro Divino, que produce toda verdad. La enseñanza es una ayuda, y el maestro es la causa coadyuvante del aprendizaje del discípulo. La relación entre enseñar y aprender no es la de una transmisión de ideas del maestro al discípulo, sino una presentación de los procesos racionales mediante los cuales se adquiere el saber; no se trata de que el discípulo acoja y reedite las ideas y conceptos del maestro, sino que produzca en sí mismo el proceso de adquisición del saber mediante la ayuda del maestro.
Tomás de Aquino en su obra De Magistro en conformidad a Aristóteles plantea que “los hábitos de las virtudes preexisten en nosotros, antes de su pleno desarrollo, en forma de inclinaciones naturales, que son como virtudes incoadas y alcanzan, luego, con el ejercicio de las obras, su desarrollo consumado” . Es decir, los hábitos virtuosos están en nosotros naturalmente, a la medida en que obremos bien se irán desplegándose en acciones de bondad, hasta su consumación final. En este sentido la enseñanza debe versar en promover ese despertar de los hábitos virtuosos; mas adelante citando a Gregorio “como el buen orden del vivir es tender de la vida activa a la contemplativa, así es, de ordinario, útil que el ánimo retorne de la vida contemplativa a la activa para que la contemplativa, habiéndose adueñado de la mente, con mayor perfección se sienta obligada a la activa” se habla del hombre en cuanto que se dan en él dos estilos de vida; la vida activa y la vida contemplativa.

LA EDUCACIÓN RESPECTO A LA VIRTUD DEL ORDEN

En el punto anterior se puede percibir como la educación influye significativamente en la promoción o ascenso de los hombres al estado perfecto, que según Tomás de Aquino es la virtud. La experiencia educativa concebida como una multiplicidad de factores puede determinar los niveles de logros y felicidad en los individuos; es menester tener claro que no depende de un modo absoluto del factor educativo o del educador que un determinado individuo alcance a plenitud la virtud; esto excede los límites y posibilidades de la educación, ya que ésta no tiene como fin propio el procurar la absoluta realización del hombre; es decir, el educador no debe pretender que toda su actividad procure directamente la felicidad a sus educandos, sino más bien suministrar los recursos que le permitan lograrla. Si una actividad educativa está ordenada a la praxis y fomento de las virtudes, entonces, esas experiencias serán significativas, de modo que los niveles de enseñanza - aprendizaje posibilitarán de manera dinámica grados sumativos de felicidad de los individuos.

El fin de la educación no es entonces dar la felicidad absoluta al hombre, sino más bien, procurar en él, el estado de virtud. El concepto de educación defendido por Tomás de Aquino resguarda que el fin de la educación primeramente se ocupa de las virtudes morales no bastando así las virtudes intelectuales, ya que las virtudes morales poseen un mayor grado de perfección dinámico, debido a que estas tienen como base el carácter volitivo del hombre. Poseer una buena voluntad conforme a la razón hace a los seres humanos obrar bien habitualmente.

De allí que Tomás de Aquino en su comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles afirma que: “tener una buena inteligencia no se dice que es un hombre bueno de una manera absoluta, sino en un sentido parcial” Es decir, que el hombre posea un grado superior de inteligencia, no implica necesariamente la bondad o la maldad de las acciones, sin embargo, se debe entender que aquellos hombres que poseen un mayor grado de conocimientos de las ciencias pueden llegar a conocer más fácilmente aquello que le sea bueno según su naturaleza y en conformidad a su razón; están menos propensos hacer o actuar en razón de maldad. Quizá se pueda percibir acá una inclinación greco-romana de la educación. Hay que tener en cuenta que la formación intelectual de Tomás de Aquino tiene una amplia influencia aristotélica.

Las personas que se eduquen en la buena voluntad, perfeccionado por las virtudes, seguramente obrarán bien, es decir, según lo que es; “Así, el bien absoluto del hombre se considera en la acción buena o en el buen uso de las cosas que se tienen. Mas como usamos de todas las cosas por la voluntad, resulta que por la buena voluntad, gracias a la cual el hombre usa bien las cosas que posee” De esto no se sigue que las virtudes intelectuales queden fuera de la praxis educativa, más bien una complementa a la otra.

Por eso; “es preciso que la virtud moral sea según la recta razón y con la recta razón” . Es decir, por la virtud moral el hombre quiere el bien conforme a la razón, y conocer de un modo habitual los primeros principios del orden especulativo práctico. Según el Aquinate:
La virtud moral puede existir sin algunas virtudes intelectuales como la sabiduría, la ciencia y el arte, más no sin el intelecto y la prudencia (…) De ahí que la virtud moral no puede darse sin la prudencia, y en consecuencia tampoco el intelecto, pues por medio de éste se conocen los principios naturalmente evidentes, tanto en las cosas especulativas como en las operativas” .

La inclinación de la recta razón y de la voluntad se producen las virtudes morales. Puede afirmarse que las virtudes están claramente ordenadas hacia la promoción del estado de prole al estado ideal del hombre en cuanto hombre. La praxis de la virtud conviene a todos y no sólo, a una determinada élite de individuos. A cada clase e individuo le afecta de formas distintas, según sea su cultura y tradición. No se pretende acá, crear una moral para el deber, al estilo kantiano; sino mas bien contribuir a la formación de unos principios éticos - morales que fomenten las prácticas de las buenas costumbres, sin caer en aquellas doctrinas promotoras e imponentes de normas y leyes que transmiten actitud de encadenamiento y obligatoriedad, sometedora de los seres humanos.

Las virtudes desde el principio organizacional de las diferentes comunidades humanas, siempre han tenido el primer lugar en los ideales de las culturas universales. Para los griegos, la virtud, arete, era el modo de ser del hombre de índole noble y de buena educación; para los latinos, virtus significa la firmeza con que el hombre noble se situaba en el estado y en la vida; la Edad Media germánica entendió por tugent la índole del hombre caballeresco. Poco a poco, sin embargo, esa virtud se volvió provechosa y “descendente”, hasta adquirir ese peculiar acento que sintetiza interiormente algo en el hombre crecido del modo natural. Los niveles de adquisición de las virtudes en los hombres en una determinada cultura lo caracterizan, además de promoverlo a las esferas más altas de una determinada comunidad social; en conclusión, todas las motivaciones, las fuerzas de las acciones, la praxis de los hombres quedan reunidos por un valor que lo determina y lo posiciona en tiempo y espacio. En este sentido, nace el particular interés, y la fundamental importancia de la educación de las virtudes en cada uno de los individuos que componen una sociedad. (Guardini, 1994).

El orden según la doctrina tomista, influye en todos los ámbitos y componentes del universo. En el caso de los hombres su influencia queda enmarcada en toda su existencia, desde que nace hasta que muere. Reflexionando sobre el orden concebido como una virtud, se entra a un estado de actitud especulativa, partiendo de los presupuestos aristotélicos -tomistas “lo propio de un hombre sabio es ordenar”. Es decir, esta frase connota que aquellos hombres que poseen la virtud de la sabiduría pueden ordenar, de esto, pues, se deduce que el antecedente produce un consecuente; el orden también es una virtud que puede llegar a poseer los seres humanos.
El hombre sabe dónde está situado a su vez descubre dónde se encuentran las cosas; además puede discernir en qué momento determinado puede ejecutar sus acciones; también decide qué medida hay que aplicar en cada uno de los casos que se le presente y qué relaciones existen entre las diversas cosas de la vida. Si el orden llega a ser virtud, entonces quién lo ejerce no lo realizará meramente en una decisión aislada, en cuanto disconformidad con lo que desee adoptar a su vida. Esta virtud debe ser como una disposición de ánimo que adquiere una vigencia en la praxis total de las diferentes realidades que vive el hombre en su cotidianidad, que no sólo determina su acción personal sino también su ambiente, de modo que todo su mundo circundante adquiere algo ordenado merecedor de seguridad.

La virtud del orden no es un ente aislado de todas las demás virtudes, estas se complementan las unas a las otras. Para que una comunidad humana y cada uno de sus integrantes estén ordenados de modo justo, ese orden tal como lo afirma Guardini (1994:17):

No debe convertirse en un yugo que pesa y obliga, sino que debe ayudar al crecimiento; por eso, forma parte de ella la conciencia de lo que estorba a la vida y lo que la hace posible. Así, pues, una personalidad está rectamente ordenada si tiene energía y puede superarse, pero también si es capaz de quebrantar una regla cuando es necesario para que no resulte algo estrecho; y así sucesivamente.

No se pretende concebir una virtud del orden enfermiza ni traumatizadora de las personalidades de los hombres, sino más bien que contribuya al desarrollo de sí mismo y al de sus semejantes. Éstas líneas poseen una gran afinidad con la concepción tomista de la educación; Tomás de Aquino concibe que la educación consistía en la promoción o elevación del hombre en cuanto hombre al estado de virtud, pues, al estado perfecto. De este modo la educación en las virtudes se hace esencial en todos los individuos humanos.

La virtud del orden se puede encontrar de dos maneras en los hombres, en primer lugar en aquellos que por naturaleza la poseen, y en segundo lugar en aquellos que por la praxis constante, es decir, por hábitos logran alcanzarla. Esto se ve autenticado en la doctrina tomista en cuanto que los hábitos de las virtudes preexisten en los hombres, antes de su pleno desarrollo en forma de inclinaciones naturales, que son como virtudes innatas y alcanzan, luego, con la práctica y continuidad de los actos

En segundo modo se tiene a los que la poseen también por naturaleza y que alcanzan desarrollarla por medio de la praxis habitual axiológica . El orden de las reglas morales no necesariamente es represión de la libertad sino más bien, ayuda a los hombres a ser libres. Las personas adquieren tal virtud sólo cuando comprenden que es un elemento indispensable de la vida propia y común. Esta virtud logra en ellos un carácter de algo consciente a medida en que la ve útil y necesaria para la existencia y conservación de todos.

Se puede culminar expresando con Tomás de Aquino que “la virtud es el orden u ordenación del amor en razón de aquello a que se ordena la virtud, pues mediante la virtud se ordena el amor en nosotros” . Es menester recordar, que para adquirir y desarrollar la virtud del orden es necesaria la decisión humana, que se concreta en obras determinadas que se van consolidando en el amor, al estudio y a la reflexión; solo estudiando se genera conciencia del bien.

Esta propuesta forma parte de reflexiones e ideas altamente meditada sobre el pensamiento de Tomás Aquino, y de cómo extrapolar su sistema de pensamiento a la contemporaneidad, de manera que contribuya de un modo significativo a las diferentes realidades sociales, tanto en el ámbito de lo filosófico como a lo social antropológico. En las diferentes problemáticas planteadas en cada uno de los capítulos se pudo visualizar una hermenéutica del pensamiento de Tomás de Aquino aplicable a las realidades antropológicas. Si educa en el orden y sobre el orden y más específicamente en el orden concebido como virtud, y se hace un hábito, esta va a influir considerablemente en el bienestar individual y social de todos seres humanos.


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